Una urbe para el orbe

Las Palmas de Gran Canaria. Aceras cuyo firme lamenta su estado de forma; esquinas que prometen respuestas pero esconden incertidumbres. Pasos que retumban al anochecer pero que ni siquiera el sol acalla… Una idea bulle tanto, que el autor suplica que esa realidad allende la próxima avenida destroce la ficción. Gran Canaria está ahí, fijando toda su atención en la urbe, hija mayor incomprendida que siempre quiere más y que a veces no tiene ni para sí. El teclado observa desde la profundidad de su menguado cuerpo y espera el impacto inicial, a la manera de una roca que se desliza por los riscos multicolor buscando que nada frene sus ansias de llegar al Guiniguada. Y un chapuzón.

La playa que alberga una faja de piedra; el horizonte pétreo que fue cantera y desde la que unos ven y otros observan… Y el argumento toma forma entre calles que cierran el paso, bares con esperanzas adheridas al baño… y ganas de vivir y de gritar.

―¿Me olvidarás? ―alguien pregunta, mientras el cursor no da tregua―

Desde unas pirámides de pega se perciben los ecos del tenor, y esta metrópolis, anclada sobre una superficie de viejo magma, padece de todo… hasta del afán de ser vivida. Y el autor, en otra noche que promete, recorre sus contornos sobre el esqueleto de una guagua que acariciando sus casi seiscientos años de vida, muestra matices; el tiempo se detiene, la iluminación de las farolas remarca los espacios entre la anterior y la siguiente, dejando que el libre albedrío del escritor imagine qué podría habitar esas penumbras. Anota un detalle y emborrona la página donde unas historias -de tonos negros- contienen el aliento de Las Palmas de Gran Canaria.