Pequeña crónica del taller “Introducción a los mecanismos de la intriga y construcción de personajes”

Cuando Mayte Martín, directora del festival LPA Confidencial, me llamó para ofrecerme dar un taller en la biblioteca Saulo Torón (Telde) acepté de inmediato. Llevo muchos años impartiendo clases de escritura, pero hasta ahora apenas había tenido la oportunidad de acercarme al género negro desde una perspectiva didáctica. Casi todo lo que sé de literatura (y crimen) lo he aprendido escribiendo. Y lo que más me preocupa al abordar este tipo de ficción es la creación de personajes que no resulten previsibles, que sorprendan no porque yo quiera o necesite que sean sorprendentes, sino porque al cortar los hilos que los mantienen atados a mis propias expectativas —qué menos—, comienzan a parecerme más humanos. Y entonces, sí, su humanidad me sorprende. Un buen personaje, suelo puntualizar, es aquel que entra en contradicción consigo mismo. Por eso hay que huir del estereotipo, incapaz de rebelarse contra lo que representa. Lo primero que deberíamos hacer si queremos dedicarnos a escribir es despertar de ese sueño que a veces confundimos con «literatura». No andar sonámbulos por las frases —parafraseando a Zadie Smith—. El día del taller, nada más comenzar, les propuse un ejercicio para detectar si, en efecto, andábamos sonámbulos. Había truco, por supuesto. Tenían que describir una situación concreta. Mencioné a un hombre. Añadí un sombrero. Un zapato. Una mujer. Cuando leímos el resultado apenas tuve que clarificar el sentido de la tarea. Invocamos a los fantasmas y los fantasmas se manifestaron ante nuestros ojos, cada uno con su emblema. La Femme fatale —zapatos rojos de tacón, melena al viento, carmín en los labios—. Y él, un poco más borroso quizás, con su sombrero elegante: un Borsalino, un Fedora —un bombín incluso— a lo Philip Marlowe, a lo doctor Watson.

Ahí, despertamos.